domingo, 19 de febrero de 2012

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS


El asesinato de “un mal ejemplo”

En 1976 se casó, después de pedir inútilmente su estado laico. El obispo de La Plata Antonio Plaza le advirtió sobre “las consecuencias”. En noviembre de 1976 lo secuestraron. Se sabe que fue torturado y fusilado.

Por Alejandra Dandan (Los énfasis fueron agregados por el responsable del blog)

Federico Bacchini era un sacerdote de La Plata que empezaba a tomar distancia de la Iglesia, que le cuestionaba su opción por los pobres. Como además era músico, conoció a la organista Elsa Paladino, que tocaba en un templo metodista. Enamorado, en 1974 empezó los trámites para recuperar su estado de laico, pero el expediente nunca llegó a concretarse. Igual se casaron, tuvieron una hija, Clara, y poco después de su bautismo el por entonces obispo de La Plata, Antonio José Plaza, lo conminó a dejar la ciudad por el “mal ejemplo” que significaba para los otros sacerdotes. El se negó a hacerlo y Plaza lo amenazó con las posibles consecuencias. Sabía de qué hablaba. Era noviembre de 1976, el terror dictatorial dominaba el país con el entusiasta apoyo de altos dignatarios de la Iglesia como el propio obispo de La Plata, y Bacchini, todavía formalmente un sacerdote, fue secuestrado por una patota policial apenas unos días después. La Iglesia nunca hizo nada por él.

Clara Bacchini ahora tiene 35 años y le pone sus palabras a esa historia. “Me bautizaron en octubre de 1976”, dice. “Lo hicieron abiertamente, en Nuestra Señora de Guadalupe. Después de mi bautismo, monseñor (Antonio José) Plaza lo hace llamar a mi papá. Le dice que tenía que irse de La Plata, que teniendo esposa e hija era un mal ejemplo para el cuerpo de sacerdotes platenses. Papá le dice que no, que no era mal ejemplo para nadie. Que no estaba engañando a nadie, que había pedido a la Iglesia lo que tenía que pedir. Que no tenía nada que esconder, que no se iba y Plaza le dijo: ‘Entonces atenete a las consecuencias’. Veinte días más tarde lo secuestraron.”

Clara habló mucho de la historia que logró armar de su padre, el lunes pasado en el juicio por el circuito Camps. Antes de entrar, le habían dicho que iba a tener unos tres segundos para verles las caras a los represores que están sentados adelante. Clara sabía que todo iba a ser muy rápido. Que podía mirar o no mirar.

“Es como que vas caminando hacia ellos y en vez de llegar hasta donde están, te sentás antes. Yo los miré. Y cuando miré a Etchecolatz, que lo reconocí enseguida porque se sienta adelante de todo, sentí a una persona sin vida, que no tiene ninguna vibración. El me miraba a mí y yo lo miraba a él. Pero cuando uno se mira a los ojos con alguien, siente algo, la presencia de otra persona, otro ser humano. Yo lo miré y era como un yeso: una persona sin alma, sin espíritu. Una cosa helada, inerte. Aunque no tan inerte porque en algunos momentos en los que yo decía algo escuché cómo tosió.”

Clara está convencida de que así como el entonces arzobispo de La Plata estuvo relacionado con el secuestro su padre, Miguel Etchecolatz tosió exageradamente, como diciéndole algo, cuando ella habló de un comisario, que alguna vez sacó a su padre del centro clandestino para darle una advertencia sobre Plaza.

“Estando en cautiverio en la comisaría 5ª, a mediados de enero de 1977, un jefe de policía, que no sabemos quién fue, se puso en contacto con papá. El le había hecho un favor a la familia y eso le había generado cierta estima por mi padre. Entonces lo llamó para decirle que le tire una soga para ver con quién podía hablar para terminar con esa situación, para poner a papá en libertad, alguna soga por fuera de los poderes policiales o militares. Y papá entonces le dice que lo llamen a Plaza y la respuesta fue: ‘Te pedí una soga para sacarte, no para que te ahorquen’.” Clara siempre pensó que ese jefe policial pudo ser Etchecolatz, “pero no sé si fue él, no sé si alguna vez lo vamos a saber”.

El rol de esa Iglesia de la que habló el dictador Jorge Rafael Videla en su última entrevista es parte de las imágenes de las que hablan una y otra vez los testigos de los juicios que se suceden en todo el país. Son obispos y adjuntos a los que los familiares acudieron para pedirles información, o una mediación con la dictadura, y en muchos casos dieron datos no precisos pero ciertos sobre los desaparecidos, no de lugares pero sí sobre si seguían vivos o no. O sobre los niños robados. Lograron saber si habían nacido o no, o decían que estaban con buenas familias. Mientras algunas de las fiscalías discuten qué hacer con esa información (ver aparte), el arzobispo de La Plata, que era un confeso colaborador de la dictadura, reapareció en la declaración de Clara iluminando cómo utilizó la Iglesia su asociación con la dictadura para sacarse problemas de encima.

Quien todavía es un cura para la Iglesia, porque nunca aceptó su renuncia y el pase al estado laical, nació en noviembre de 1937 en la ciudad de Buenos Aires, en una familia de abuelos italianos, un padre muerto en su adolescencia y una madre de la que Clara habla como una gran pianista, rodeada de músicos y tangueros y muy católica. Federico era el único varón de cuatro hermanos y Clara no sabe si entró en el monasterio benedictino cuando terminó el secundario porque las cosas “debían ser así” para el hijo varón de algunas familias. Del monasterio, Federico pasó al seminario de La Plata porque no lo convencía la introspección. Plaza lo ordenó sacerdote y él parecía uno de los cuadros más prometedores de la curia: fue director del Seminario Mayor sin saber que años después iba a estar prisionero en la comisaría de la esquina; fue profesor del Instituto de Teología y como dicen que era un músico excepcional estudió y enseñó en el Conservatorio de La Plata. Pasó por varias parroquias, pero todos hablan de su paso por Cristo Rey. Ahí armó un comedor y pese a la oposición expresa del arzobispo sumó a los más jóvenes en campañas de alfabetización. Entre ellos, Jorge Bonafini, uno de los hijos de Hebe, con su esposa.

“Mi papa quería vivir la experiencia de la fe junto con la gente, no dentro del monasterio. Ahí empezó a tomar contacto con otros, pensaba hacer una orden nueva en Berisso, pero al final no lo hizo. En Cristo Rey formó grupos de trabajo social y fue tal la movida, que Plaza le había prohibido que trabaje con jóvenes para que no fomente su línea de un Evangelio tan abierto.”

En ese momento, Elsa Noemí Paladino era cantante lírica y parte de la Iglesia Metodista. Se conocieron en ciclos de conciertos y ella tomó clases con él. “Cada uno por su lado eran muy respetuosos. Mi vieja era protestante, pero no dejaba de respetar que mi viejo era cura. Y mi viejo era hombre, pero tampoco dejaba de respetar que era cura. Eran muy dogmáticos en ese sentido y cuando vieron que entre ellos había algo más que un afecto de músicos, cada uno empezó a tomar decisiones para apartarse. Entre las diferencias que tenía con la jerarquía de la Iglesia por su concepción del Evangelio y su forma de desarrollarlo, y que el Evangelio que él sentía estaba en medio de la gente y no en la catedral, más los enfrentamientos con el arzobispo, más sentir que podía estar enamorándose de una mujer y eso no coincidía con sus votos sacerdotales, hizo los trámites para el estado laical y, mientras corrían, busca tomar distancia y pide una beca para España.”

Elsa, que a su vez intentaba alejarse, también decidió irse a estudiar afuera. No se pusieron de acuerdo, pero cuando se dieron cuenta, los dos estaban en un curso en Santiago de Compostela. Cuando volvieron se casaron y pasó todo lo que pasó hasta el 25 de noviembre de 1976. Clara, de dos meses y 20 días, dormía a la una y media de la madrugada. Oyeron un timbrazo en la casa de la calle 15. Federico se sobresaltó pero logró cambiarse, cuando intentó llegar a la puerta lo paró el grupo vestido de fajina que ya la había tirado abajo. Ellos vivían en la parte alta. Abajo estaban la madre de Elsa y una hermana. Todos salieron a un pasillo. Les dijeron que buscaban a Federico Bacchini para unas preguntas, pero nadie les creyó. Cuando vieron el movimiento violento de las puertas y el despliegue de armas, entraron en un estado de tensión que crecía minuto a minuto.

“No las apuntaban a ellas con las armas, apuntaban hacia arriba”, dice Clara. “Empezaron a mostrarse más enérgicos porque lo toman a mi papá de los brazos para que no se resista. Entonces uno de civil le dice a mi vieja que se lo iban a llevar, pero que nadie salga a la vereda porque al que salga le iban a disparar. Mi vieja se abalanzó lo mismo. ‘¡Federico! ¡Federico!’ gritaba llamando a mi viejo, pero en la puerta de la casa con la mente miró para arriba y me vio a mí: una bebita en el moisés. Entonces retrocedió y no salió. Nosotras somos evangélicas metodistas. Cuando entra mi mamá de nuevo a la casa, mi abuela le dice que se calme, que se pongan a rezar un Padrenuestro. Y mi mamá empieza a decir ‘Padre Nuestro’, pero su estado de shock era tan grande que no pudo decir más que eso, no le salía el resto de la oración.”

Clara cuenta que ésa fue la última vez que a Federico lo vieron con vida o que supieron algo de forma directa. Todo lo que siguió fueron hábeas corpus negativos. Una abuela intentó ver a Plaza, pero no la recibió. El cardenal Eduardo Pironio, en 1977, les dijo que estaba convencido de que él estaba afuera, aunque a esa altura, lo supieron después, su padre estaba muerto.

Con la democracia empezaron a llegar los datos de los sobrevivientes. Entonces conocieron a Carlos Alberto de Francesco, que consiguió salir con vida de la comisaría 5ª. Les habló del encuentro entre Federico y el comisario y cómo, cuando volvió, Federico les dijo a sus compañeros que si alguno volvía a ver a Plaza antes que él, lo manden “a la remilputa que lo parió”.

“Ahí hay que remarcar esta cuestión de que a papá hacía dos meses que lo estaban torturando y sin embargo llegó y no dijo mátenlo, extermínenlo, asesínenlo y déjenlo tirado en la calle como hicieron con él. No dijo tápenlo con tierra y que nadie sepa dónde esta enterrado, dijo: ‘Insúltenlo’”, contó Clara en la audiencia, y lloró como llora ahora.

De Francesco estuvo con Federico en la Navidad de 1976. Hacía tanto calor adentro de la 5ª que el piso de ese infierno se mojaba con la transpiración de los cuerpos y el pánico colectivo. El sobreviviente, que se define como ateo, cuenta que Federico tenía guardado un pedazo de pan o algo de la comida.

“Y entonces los trató de acomodar a todos para sentarlos, hizo una oración y les habló de la comunión. De lo que significaba para el mundo cristiano el nacimiento de Jesús. Los hizo calmarse. Agarró el pan, lo bendijo con una oración y repartió un pedazo a cada uno. Dicen que papá tenía una voz grave, muy dulce, no sé cómo tendría su voz, pero les cantó una oración que es sobre la base de un negro spiritual.”


La tortura del desaparecido

“Mirá, todas nosotras creíamos que papá seguía con vida hasta que me llamaron del Equipo (Argentino) de Antropología Forense para decirme que habían identificado los restos. Lo primero que sentí cuando me lo dijeron, fue que la tortura del desaparecido había terminado. Es que, en realidad, para los familiares, los hijos, las esposas, lo del desaparecido es la tortura permanente. No se sabe dónde está. No se sabe si lo mataron, cuándo. Entonces cualquier persona que se te cruza en la calle que tenga un rasgo parecido, pensás si no será él. Cualquier timbre inesperado, cualquier llamado telefónico, pensás si no será él. Eso es lo que te acompaña todos los días de tu vida hasta que de golpe te llaman del EAAF y te dicen que identificaron sus restos.”

El EAAf identificó los restos de Federico en 2010, al lado de víctimas que habían pasado por centros de otros circuitos como Marta Taboada, del Protobanco. Todavía no se sabe nada cierto sobre cómo era el procedimiento de distribución de los cuerpos, y algunos jueces como Daniel Rafecas se preguntan si había un grupo encargado específicamente de esa recolección.

“No tenemos precisión aún de cómo fue fusilado –cuenta Clara–. El EAAF nos dice que Federico Bacchini estaba enterrado en una tumba NN, mezclado con restos de 35 personas, en 25 bolsas porque fueron exhumados en los ochenta y pasaron por varios lugares. La identificación fue un trabajo titánico porque estaban los huesitos mezclados, han tenido que encontrar huesito por huesito, por eso inhumamos pocas partes de su esqueleto: el cráneo, una pierna completa, la otra no, y un pedacito de un brazo, nada más. Pobrecito. Pero ahora tiene una sepultura cristiana como todo cristiano tiene derecho a tener.”

Está en La Plata en el mausoleo de Memoria, Verdad y Justicia del cementerio municipal.

lunes, 30 de enero de 2012

BUENA SÍNTESIS

Hace tiempo que vengo quedándome afónico desmintiendo a quienes interesadamente quieren hacer creer que las "peñas" son lugares de cultura. Pues bien, Karina Micheletto ha conseguido la más clara definición de lo que es hoy por hoy una "peña". Dice la periodista en un fragmento de su nota aparecida hoy sobre la última luna cosquinera: "Este año, el rejunte de ilustres desconocidos, portadores de talentos ídem, que lució por momentos Cosquín, atentó contra todo el festival. Con grillas de 25 artistas promedio por noche, extendidas hasta las 6 de la mañana, fue difícil lograr espacios para lucimientos personales, en la sucesión peñera del “que pase el que sigue”. La sensación, en muchos momentos, fue justamente la de estar en una peña. La diferencia es que la gente no llega a la plaza a comer empanadas y charlar, con la música como mero entretenimiento de fondo: se espera mucho de lo que allí pasa, tanto de lo nuevo como de lo consagrado".
Subrayo: "COMER EMPANADAS Y CHARLAR, CON LA MÚSICA COMO MERO ENTRETENIMIENTO DE FONDO". Excelente síntesis. Éso es una peña en la actualidad.

La nota completa en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-24222-2012-01-30.html

EL DUEÑO DEL SILENCIO

Reproduzco una nota del 29 de enero de 2012 aparecida en Diariamente, de Neuquén. Los énfasis son míos.


“Cosquín, emocionado por un grande”

La noche del miércoles, Cosquín mostró su costado más emotivo, con el reconocimiento a un artista enorme: Juan Falú.

Juan Falú, dueño del silencio respetuoso y el aplauso admirado (foto TELAM)

Se presentó con su guitarra, saludó con la sencillez que lo hace al entrar a una casa de amigos, se sentó y dijo: “soy tucumano, vengo de Tucumán”. Inmediatamente interpretó una chacarera prolija, sentida, exacta.
Luego pidió permiso para ocupar el tiempo de una canción para decir “otra cosa”. Habló del genocida Bussi, figura nefasta de Tucumán, quien falleciera hace un tiempo. Se refirió entonces a la poesía escrita por otro tucumano, talentoso como pocos: Néstor Hipólito Soria. Un poema que solo puede escribir quien siente con profundidad el dolor de su tierra tucumana, herida por un personaje siniestro de la historia argentina.
Falú lo leyó y sin agregar una sola palabra, adjetivo, discurso, echó a volar la zamba “La tristecita” con la creatividad que lleva en sus dedos desde siempre. La plaza estaba hipnotizada, aplaudió sin estridencias ni gritos y el artista sostuvo el clima con “El Jangadero” del salteño Jaime Dávalos.
Piezas difíciles para un auditorio acostumbrado a batir palmas, bailar y gritar acompañando “la fiesta”.
Sin embargo, Falú los llevó a esa zona que el alma tiene: la intocable, íntima emoción. Cuando se despidió con un simple “gracias”, la gente se puso de pié con aplausos que mostraron la aprobación más profunda. Ni una palabra de más, ni un gesto demagógico: pura entrega nacida de la convicción. Provocar algarabía, baile, palmas es nada difícil en un festival de estas características. Pero ¿quién puede conseguir el silencio del silencio en ese espacio?
Juan Falú no adhiere con la palabra, no levanta la guitarra para alzar la plaza, ni repite el slogan impuesto por las campañas del momento: él dice con su guitarra única y con una personal historia y conducta intachable a través del tiempo, junto a la vida de sus coterráneos, de sus compañeros de ruta, de sus amigos, de sus alumnos, de su familia.
La poesía de Néstor Soria, el tucumano autor de innumerables piezas joyas de nuestro folklore, marcó un territorio distinto en la plaza de Cosquín con su poesía, por tratarse de un tema, que aunque conocido, es actualizado en el marco de una fiesta que no permite detenerse en la memoria a fuerza de tanto fervor festivalero.
Un momento inolvidable tuvo Cosquín en la luna del miércoles: Juan Falú y la poesía de Néstor Soria, ambos herederos de lo más auténtico de la tierra donde se nace y se pisa. Una dupla que merece lo que tuvo y mucho más en el escenario de Cosquín.

Hilda López

miércoles, 25 de enero de 2012

CAPUSOTTO y EL FESTIVAL DE COSQUÍN

Año tras año, para estas fechas, se vienen repitiendo las quejas, las lamentaciones y las críticas al Festival de Cosquín.
Hace años que vengo peleándome con algunos de mis amigos y también con algún intérprete, sobre lo que brinda al público el Festival. Pero parece que a algunos de mis contendores, les está empezando a caer la ficha, o a agotárseles la paciencia.
Enhorabuena.

A mí se me dió por relacionar lo que a diario vemos suceder en el escenario de la plaza "Próspero Molina" con algunas de las opiniones de Diego Capusotto (ver http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-24152-2012-01-22.html) referidas al propósito que persigue su nueva película.

Es bastante posible que aquel escenario, tan pomposamente bautizado "Atahualpa Yupanqui", sea hoy un terreno más en el cual se desarrolla la batalla entretenimiento-dominación versus cultura-liberación.

Cuando sobre un escenario un artista expresa ideas, pareceres, reflexiones; cuando su expresión está revestida de una elaboración artística, en este caso poética y musical, cuando el público le presta oídos, es decir, silencio; artista y público participan de una comunión en la cual ambos se enriquecen. Y esto es liberador.

Por el contrario, cuando la estridencia, la cacofonía y la repetición; cuando la vulgaridad y la ramplonería (cuando ésta es confundida con la sencillez) se adueñan de un escenario; cuando al público se lo hace participar pegando gritos, alaridos, o se lo convoca a cantar letras elementales, perecederas, que hablan de asuntos tan privados y sensibles como el amor entre los seres humanos; eso es enajenación y distracción para evadirse de cuestiones más profundas y permanentes. Eso es dominación.

No puedo, al hablar del Festival de Cosquín, dejar de recordar a mi querido amigo, el cantor y guitarrista paranasero Miguel "el Zurdo" Martínez, yupanquiano si los hubo, que a cada rato mentaba aquello de Don Ata de "la farra folklórica".
Hace años que Cosquín y otros festivales se habían transformado en eso. Pero cada vez hay más "farra" y cada vez es menos "folklórica". ¿Estará naciendo la "farra híbrida"?

lunes, 23 de enero de 2012

POLVORA CORDOBESA

Otro enviado al Festival de Cosquín ha descubierto la pólvora. Bah! Todos los años pasa lo mismo, o sea que ELLOS también sufren del sindrome de Estocolmo...


Diario Página 12 - Lunes, 23 de enero de 2012

MUSICA › UNA SITUACION QUE SE REPITE EN EL FESTIVAL MAYOR DEL FOLKLORE

Cosquín y el síndrome de Estocolmo
Año tras año, decenas de artistas se quejan del trato que reciben y del horario en que son programados. Pero siempre regresan.

Por Pablo Donadio

Desde Cosquín

Ya lo decía el filósofo marxista Antonio Gramsci cuando hablaba de cómo una sociedad aparentemente libre y culturalmente diversa es en realidad dominada por una de sus clases. Allí, valores y creencias histórico-culturales imponen normas que llegan a ser vistas como estándares de validez para todos, cuando en realidad benefician a un sector: el que manda. Nadie dice que sea fácil armar un festival como el de Cosquín, y el conflicto estará presente siempre. Así sucede en todos los ámbitos cuando hay intereses en común, y también (o sobre todo) cuando habitan intereses individuales. Y está claro que esa hegemonía que ostentan algunos organizadores no podría ser tal sin la anuencia de los protagonistas, los artistas: la mayoría se queja y, año a año, religiosamente, regresa al pago.

Quienes recorren el país cubriendo espectáculos han visto las discusiones y peleas detrás del escenario, en medio de la tensión explícita que lleva armar la puesta en escena, conjugada además con la televisación. También están los manejos de algunos managers, por ejemplo para conseguir mejores horarios para sus artistas (más temprano, más tarde, según el humor del día o los shows posteriores que les hayan salido), aunque la grilla esté armada de antemano. Ese no respeto mutuo perjudica siempre a ambas partes, y atenta contra los propios artistas y su poder de convocatoria, aunque el mercado no lo vea.

No pasó ni un día. El mismo viernes de la inauguración, Mario Alvarez Quiroga se sintió molesto por el trato recibido, y así lo hizo saber su hijo Alejo, baterista y productor: “Así es Cosquín. Agradezco a la gente, que hizo el aguante bajo la lluvia hasta las 5, cuando estábamos anunciados las 2, y demostró que el amor por la música puede más. Cosquín y su organización deberían replantearse varias cosas. Si no lo hacen ellos seremos nosotros los que nos replantearemos la vuelta al escenario Atahualpa Yupanqui”. El año pasado el recordado Argentino Luna se quejó duramente del poco tiempo otorgado, y Raly Barrionuevo, una de las figuras más esperadas, anticipó la cantidad de temas que haría ante silbidos del público, y posteriormente los contó uno por uno. “Soy un hombre mayor y quiero cantar temprano, no en pijama”, declaró César Isella al haber sido programado para las 4.20 de la mañana. Caso similar fue el de Los Manseros Santiagueños, a quienes se les otorgó 12 minutos. “Vamos a cumplir 50 años y nos hacen esto”, expresaron. El horario de salida de los más “convocantes” sigue siendo otro problema, tanto para el público como para los propios artistas, como lo expresó el chayero Sergio Galleguillo. En 2011 Los Olimareños cantaron a las 5.30 y León Gieco y el Chaqueño Palavecino aún más de madrugada. “Mirá, una hora tiene 60 minutos, y no se puede inventar mucho más con veintipico de artistas por luna. Armar algo tan grande es complejo y siempre hay quejas. Antes, todos querían cerrar el show. Ahora quieren estar a las 10.30 para salir en la tele, cuando en junio te dicen que está todo bien a cualquier hora. Cosquín vela por tres cosas: tener artistas de convocatoria, incluir a los tradicionales, y dejar espacio para las nuevas propuestas”, aseguró Fredy Martino, voz decisiva en la Comisión Organizadora. “Las cosas están armadas brutalmente para el artista, y no es una cuestión de guita en mi caso, por más que tengo las necesidades de cualquiera –señaló Horacio Banegas, que no estará presente en esta edición del festival–. Tiene que ver con la dignidad, con que no me pongan a las seis de la mañana, porque mi música es para gente que está despierta, que pueda escucharla y bailarla sin que tenga que prostituir el repertorio para seguir la fiesta. Yo no toco para comprarme la 4x4. Para mí cantar es una necesidad ideológica, y quiero que cuando me muera me recuerden por lo que he sido, no por cuántas casas me he comprado. Yo tengo claro eso, pero parece que para algunos Cosquín es genial cuando te contrata, y lo peor cuando no. Eso es una incoherencia. Este escenario es importante, pero también el resto de los que hay en el país”.

De ser fiestas creadas para y por el pueblo, muchos festivales pasaron a ser megaemprendimientos comerciales, que redefinen la cuestión de a quién representa esta música, y lleva a plantear una mirada crítica sobre el éxito, sobre qué es valioso y qué no. ¿Qué pasará este año en Cosquín? ¿Los músicos, compositores, intérpretes, bailarines y demás engranajes del ambiente están dispuestos a decir: “Así no”? ¿Hay manera de hacer un festival con más de 250 artistas de otro modo?

viernes, 20 de enero de 2012

HALLAZGO

Este poema, atribuido a Jorge Luis Borges, apareció entre papeles privados míos de antigua data, de fines de los '60 o comienzos de los '70. La copia la había hecho mi novia de entonces mediante papel copiativo, un artículo que ya casi nadie conoce ni usa. Ahí va:

LA GUITARRA

He mirado la Pampa
desde el traspatio de una casa de Buenos Aires.
Cuando entré no la vi.
Estaba acurrucada
en lo profundo de una brusca guitarra.
Sólo se desmelenó
al entreverar la diestra las cuerdas.
No sé lo que azuzaban;
a lo mejor fue un aire del Norte
pero yo vi la Pampa.
Vi muchas brazadas de cielo
sobre un manojito de pasto.
Vi una loma que arrinconan
quietas distancias
mientras leguas y leguas
caen desde lo alto.
Vi el campo donde cabe
Dios sin haber de inclinarse,
vi el único lugar de la tierra
donde puede caminar Dios a sus anchas.
Vi la Pampa cansada
que antes horrorizaban los malones
y hoy apaciguan en quietud maciza las parvas.
De un tirón vi todo eso
mientras se desesperaban las cuerdas
en un compás tan zarandeado como éste.
(La vi también a ella,
cuyo recuerdo aguarda en toda música).
Hasta que en brusco cataclismo
se apagó la guitarra apasionada
y me cercó el silencio
y hurañamente tornó el vivir a estancarse.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Sr. Gobernador: que se haga justicia

QUIERO QUE EL BANCO DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES ME DE A MI Y A TODOS LOS OTROS COMPAÑEROS LA MEDALLA QUE NOS DEBE.

Cuando fue la crisis del 2001 se suspendió la tradición por falta de recursos.
Desde hace dos o tres años se reanudó, pero con los que se jubilan ahora.
Ninguna agrupación gremial, ni de activos ni de pasivos nos ha reivindicado.
Es hora de que nos den lo que nos ganamos laburando más de 30 años.